Viaje a Lhasa

Título: Viaje a Lhasa

Autora: Alexandra David-Néel

Reseña hecha por : Alicia Ortego   @Alisetter

Nuestra entrada en Lhasa encierra algo de prodigio. A nuestra llegada, la atmósfera hasta entonces en calma, se altera de repente. En unos segundos se forma una tempestad imponente, que levanta hasta el cielo nubes de arena. He visto el simún en el Sáhara y este terrible aguacero seco me da la impresión de haber vuelto al gran desierto. Nos cruzan sombras borrosas, gentes encorvadas cubriéndose el rostro con las largas mangas de sus trajes. ¿Quién podría vernos llegar? ¿Quién podría reconocernos?”.

Vuelvo a leer a Alexandra David-Néel y vuelvo a viajar con ella, es imposible no hacerlo, así como es imposible no admirar a esta mujer que se echó a los caminos de Asia sin mirar atrás y con una valentía, curiosidad y afán de aprendizaje enormes.

Quizá sea éste el libro que más me ha gustado, y la aventura que más me ha admirado de esta gran viajera.

Aquí nos relata su viaje a Lhasa, cuando el Tíbet era un reino prohibido a los “philings ”, los extranjeros de piel y ojos blancos, según sus moradores. Hoy no es un reino prohibido, estrictamente hablando, pero en cambio es férreamente controlado y administrado en sus visitas, incluyendo cierre de fronteras en al menos una vez al año (cuando se celebra el Año Nuevo Chino).

¿Qué me había atrevido a soñar? ¿En qué descabellada aventura estaba a punto de meterme? Pensaba en mis viajes precedentes, se me despertaban los recuerdos de las fatigas soportadas, de los peligros corridos, de las horas en que la muerte me había rozado. ¿Sería aún peor lo que me aguardaba? ¿Cuál sería el final? ¿Triunfaría? ¿Llegaría a Lhasa riéndome de los que se lo impiden a cualquier extranjero? ¿Moriría arrebatada por una enfermedad al pie de un árbol o en el fondo de una caverna, como un animal salvaje? ¿O quizá a manos de un bandolero? ¿Quién podía saberlo?”.

Ella decidió saltarse esa prohibición, y después de algunos intentos infructuosos, consiguió llegar, caminar y finalmente vivir en Lhasa, todo durante casi un año y en compañía de su hijo adoptivo, un joven lama de la secta de los gorros rojos, famosos por el dominio de las artes de la adivinación.

¿Mi fardo pesaba? ¿Sus correas se me clavaban en la espalda? Sí, me di cuenta más tarde, pero de momento no sentía ninguna sensación física. Chocaba contra rocas abruptas, me desollaba las manos y el rostro con los pinchos de los matorrales, pero ni me daba cuenta, resistiendo, hipnotizada por mi voluntad de triunfar” .

Pero claro, no es algo que se prepare y haga de la noche a la mañana, no… Alexandra hablaba tibetano fluidamente y conocía en profundidad las costumbres y maneras tibetanas, gracias a sus estudios orientalistas y a sus estancias en las regiones periféricas al reino de las nieves. Esto fue realmente decisivo para no ser descubierta, denunciada y expulsada del país. Y así, vestida de mendiga peregrina, maquillando con grasa y cenizas su cara, tiñendo su pelo con una barra de tinta chinay alargándolo con crines de yak (como hacen las tibetanas), adoptando vestimentas y falsas identidades para poder pasar desapercibidos y con muy poco equipaje (el que soportaban sus espaldas, escondiendo los objetos extraños al país como una brújula, y el dinero que llevaban ya que eran mendigos), se adentró a pie junto con su hijo lama, Yongden.

A pesar de su conocimiento profundo de los modos y costumbres del país, muchos detalles podrían ser advertidos como sospechosos, así que no tenía más remedio que rehuir en lo posible los encuentros con los tibetanos, y renunciar a cualquier tipo de compañía y amistad… pero poco a poco las cosas se relajan, y no es capaz de renunciar a la oportunidad inigualable de mezclarse con las gentes tibetanas de todo tipo y condición, en peregrinaje, e interactuar con ellos de igual a igual. Siempre representando su papel, el de madre sumisa y obediente para con su hijo lama.

-Madre, recitad dölma.

Obedeciendo, entono una salmodia… cuya única finalidad es que me dejen tranquila.

Con exhortaciones de este tipo, Yongden me evita habitualmente la prueba agotadora de las charlas interminables en las que, por mi pronunciación o por el empleo –al que estoy acostumbrada- de términos literarios, podrían asombrar a los campesinos”.

Pasar desapercibido en un país que, al menos entonces, era dado a la charla y sobre todo a los interrogatorios a todos los viajeros que constituyen una novedad, no es una tarea nada fácil. Allí donde te encuentras con alguien, ése alguien te preguntará quién eres, de dónde vienes, a dónde vas, y un largo etcétera. Alexandra no deja de recordar en su libro el miedo y la inquietud que sintió una y otra vez, sobre todo en las primeras semanas, ante la idea de que les descubrieran.

Todo el viaje o más bien peregrinaje transcurre en el otoño avanzado e invierno.

Increíble que pudiesen aguantar esas temperaturas con tan sólo una lona de algodón que plantaban sólo si el lugar estaba desierto y había nieve para que se confundiera con el paisaje, porque en Tibet nadie usa ése tipo de cobijos. Las más de las veces, tuvieron que dormir a cielo raso, bajo la nieve, con sus escasas y pobres ropas. Sólo el agotamiento de las caminatas hacían que se durmieran.

Increíble que pasaran días y días caminando, con esa altitud y no siempre con algo para comer y ni tan siquiera beber. Lo que comían lo ganaban con las “dotes adivinatorias” del lama, y con las limosnas que, eso sí, en Tibet no suelen negar (aunque a veces hagan cosas estrambóticas para no darse por aludidos y que así los dioses no les penalicen por su racanería, je, je).

Nunca en mi vida había hecho un viaje tan barato. Yongden y yo reíamos a menudo recordando los detalles de las obras de los exploradores que hablan con minuciosidad de los numerosos camellos o mulas que componen sus caravanas, de los centenares de víveres que transportaban, con el consiguiente gasto que todo esto lleva consigo, para fracasar más o menos cerca de su meta”.

Porque además en este libro, como en todos los de Alexandra, hay humor… ¿quién puede hacer un viaje como ése, o cualquier viaje, si no es con humor? . Hay acción, misterio, perspicacia, inteligencia, humanidad…

Sus apuntes sobre el paisaje, la cultura, la forma de pensar de los tibetanos, e incluso algunas sobre la política y organización del país, hacen de éste otro libro magnífico para acercarnos al Tibet de aquellos tiempos.

Abriré un paréntesis para aclarar que el hecho de mostrar el camino a un viajero o guiarle se considera, desde el punto de vista religioso, digno de mérito en el Tibet. Según las creencias lamaístas, el que conscientemente indica una dirección falsa a un viajero y sobre todo a un peregrino o a un lama, y no le advierte de que se equivoca de camino, va errante después de su muerte, en los Bardos, sombra miserable, incapaz de encontrar el camino de la reencarnación en ningún mundo”. 

¿Qué quedará de todo ello? Ardo en deseos de, al menos, atisbarlo… Sí, no veo la hora en que yo misma llegue a Tibet y recuerde a esta mujer gritando al viento ¡Lha Gyalo! ¡Los dioses han triunfado! (un grito que se da cada vez que se alcanza una meta lejana, o se llega a un puerto de montaña).

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