No es un deporte de riesgo

Título: No es un deporte de riesgo

Autor: Nigel Barley

Reseña hecha por : Alicia Ortego  @Alisetter

Una sorpresa me deparaba la Feria del Libro de Madrid de éste año 2012, y es la última entrega de Nigel Barley, “No es un deporte de riesgo”.

Seguro que os suena este estudioso intrépido, aunque sólo sea por su ya muy conocido (y reseñado hace tiempo en este blog), “El antropólogo inocente”.

No me lo pensé dos veces y me lo compré, con ganas de reencontrarme con el humor irónico y pesimista de este antropólogo.

Esta vez Barley nos cuenta que, tras unos cuantos años sin hacer trabajo de campo en culturas exóticas, que al fin y al cabo es para lo que uno se empeña en estudiar antropología y vivir de ello, decide buscar un destino. El cuerpo le pide ir a otra parte del mundo, no a África.

En una charla con un colega del mundo académico, una afirmación tan “tonta” como que en la región Toraja de Indonesia los niños tienen las orejas puntiagudas –sí, como el doctor Spock-, toma la decisión, y después de unas cuantas vueltas buscando financiación… para allá que se va.

Nada es casual en las frases de este antropólogo. Todo en su lectura se disfruta, y de cuando en cuando te arranca una carcajada.

Me gustan sus reflexiones –irónicas, siempre irónicas, y con un punto o dos de verdad- sobre el viaje y los viajeros, o sobre qué lleva a un hombre a enfrentarse a un montón de adversidades, generalmente en terrenos difíciles y totalmente ajenos a él, para hacer trabajo de campo…

A menudo el trabajo de campo, más que proponerse la comprensión de otras culturas, es un intento del investigador por resolver sus propios y muy particulares problemas personales. Es frecuente que en el ámbito de la profesión se considere una panacea para todos los males. ¿Matrimonio roto? Ve y haz algún trabajo de campo para tener una perspectiva nueva de las cosas. ¿Deprimido por la falta de promoción? El trabajo de campo te dará otro tema de preocupación.

Según el diccionario, la palabra inglesa “travel”, viaje, se relaciona etimológicamente con el francés antiguo travail, “dolor”, “dificultad”. En Surabaya el lenguaje reafirmaba su raíz en la realidad. Había imaginado que mi estancia consistiría simplemente en el transbordo del autobús a un barco y luego, mientras salía el sol, la navegación. No sería así.

Buenísimos sus encuentros y conversaciones con los indonesios, y sus observaciones sobre lo que se va encontrando… en esta ocasión, un tanto decepcionado porque la vida moderna, lo occidental, se ha impuesto solapando a la cultura “genuina”. Esto, desde el punto de la Antropología romántica, vamos a decir, es una pena y una pérdida irreparable. Quizá es porque la Antropología quiere distinguirse de la Sociología en lo que se ocupa: una, de las culturas ancestrales y a ser posible sin escritura… y otra, de la cultura y sociedad actuales.

Disquisiciones aparte, ello no impide que, al fin y al cabo, haga su trabajo y vaya desgranando y encontrando muchos cabos que reconstruir de la cultura “original” y de cómo ésta se ha imbricado con la cultura actual, dominante.

-¿No es ésa –pregunté- la montaña donde estaba la escalera que unía el cielo y la tierra en los tiempos de los antepasados?.

-Puede ser. Pero nosotros la llamamos la montaña porno. Si se fija en las rocas, verá que allá está el macho y allá la hembra.

Buenísimos los “detalles” que nos regala, por ejemplo, acerca de cómo tratamos a los emigrantes venidos de otros países, y qué consecuencias nos acarrea esto cuando somos nosotros los que vamos allí (aunque no seamos ni remotamente responsables de lo primero). Por ejemplo, cuando va a renovar su visado:

-¿Inglés? –había dicho con una sonrisita de suficiencia-. Cuando fui a Inglaterra, el personal de inmigración me trató como a un perro. Sí, la verdad es que me encanta tener una solicitud inglesa.

O acerca de cómo muchas cosas de nuestro “mundo moderno” resultan tan absurdas y molestas que uno no puede dejar de preguntarse qué pretendemos con todo esto.

Impagables sus anotaciones acerca de cómo le miran y cómo se ríen de él “los nativos”, que me recuerda que ésa es la mejor actitud ante un viaje: nosotros somos los que podemos ser objeto de burla, somos los que necesitamos ayuda, somos los extraños. Me temo que no todo el mundo lo tiene claro y que muchos turistas se pasean por el mundo con una actitud de “señor civilizado” que visita y fotografía a “los nativos”, consciente de su superioridad económica e incluso moral. Uf.

Finalmente, esta vez nos aguarda una sorpresa. A Barley se le ocurre que sería muy interesante construir un granero toraja en el Museo de la Humanidad de Londres, donde él trabaja.

En realidad, es una exposición-performance, es decir, que consistirá en que los visitantes contemplen en vivo y en directo cómo los toraja construyen un granero tradicional, allí mismo. Una forma de dar vida a los museos. No está mal la idea, no.

Después de un par de años y muchas idas y venidas, lo consigue. Para ello, trae una cuadrilla de torajas especializados en estas construcciones, incluyendo a uno de los pocos sacerdotes versados en la religión antigua que quedan allí –y con el que compartió unas cuantas aventurillas y muchas conversaciones, bastante antes de realizar esta “obra”-.

El material también se lo traen de Indonesia.

Durante el tiempo que dura la construcción, Barley no deja de observar cómo se encuentran los toraja con Londres, y cómo Londres se encuentra con ellos, de nuevo otra vuelta de tuerca y perspectiva de las cosas .

No podían dormir por la noche. Los únicos sonidos eran los de las lechuzas, siempre temibles, asociados a la brujería. Para los toraja, lo que caracteriza una buena casa y una familia venturosa es el bullicio, los hijos y la presencia de un constante flujo de visitas, todo lo cual enloquecería a un occidental. Finalmente, estaban acostumbrados a oír música pop a todo volumen hasta que se quedaban dormidos. En cuanto al papel higiénico, era sencillamente lo más asombroso que habían visto jamás. A ellos les impresionaba profundamente la falta de higiene de los europeos. “Las mujeres inglesas parecen muy atractivas”, decía Tanduk, “pero cuando pienso en el papel higiénico y en lo sucias que son, me dan asco”.

[…]

Nenek señaló a un hombre que estaba trabajando en su casa, a dos o tres puertas de distancia.

-¿Quién es ése hombre? –preguntó.

-No lo sé, Nenek. Simplemente vive allí.

[…]

-… me miró con silenciosa admiración.

-de verdad –comentó-, tiene que ser muy fuerte para usted vivir tan solo.

No he viajado a Indonesia, aunque conozco a unos cuantos que sí lo han hecho y francamente tengo curiosidad por saber qué les parece esta mirada, cargada de irreverencia en muchos pasajes, y de cariño y admiración por aquellas gentes y sus tierras, en muchos otros. Desde luego, retomaré el libro cuando –quién sabe- un día yo también vaya para allá.

Y cuando vuelva a Londres pienso visitar este museo y el granero toraja, y seguramente rememore algunos pasajes de la mirada de Barley

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6 respuestas a No es un deporte de riesgo

  1. Vaya buena pinta que tiene el libro, tal y como cuentas, … tomo nota … esta gente que sabe reirse de sí misma me encantan.

  2. alisetter dijo:

    Éste hombre es un campeón de la risa de sí mismo, en serio, además de resulta interesante y ameno… tanto este título como el Antropólogo Inocente y su segunda parte Una plaga de orugas, son geniales. También tiene publicado el título Bailando sobre la tumba, donde habla de la muerte en distintas culturas, cómo se vive y demás, y también me gustó mucho, así que mira, tienes hasta 4 títulos donde elegir, aunque éste es el último… 😀
    Un saludo y gracias por pasarte y comentar!

  3. Iván dijo:

    Gran reseña Alicia. Tengo ganas de leer este libro y el del Antropólogo Inocente, curiosidad por ese sentido del humor y eso de saber reírse de uno mismo o de lo que acontece 🙂

  4. ¡Hola, Alicia! Debo decir que me atrapó la reseña que escribiste de este libro; no conocía al autor, pero revisé las primeras páginas en internet y estoy decidido a conseguir esta gran historia. Tal como dices, esta llena de experiencias asombrosas e irónicas. Muchas veces las personas que vivimos en ciudad tendemos a sentirnos “superiores” a otros por ignorancia. Por ejemplo, yo vivo en la Ciudad de México y uno tiende a pensar que fuera de aquí “todo es rancho”. Sin embargo, es sólo viajando con una amplia perspectiva (más allá de un simple “turista”) como se puede contrarrestar ese gran error. Felicidades y muchas gracias!

  5. Terminé el libro hace poco y debo decir que valió mil veces la pena conseguirlo y eso que aquí en México sólo lo encontré en una librería llamada “El Sótano”. Estoy fascinado.

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